El violinista de Gracia

Brown

Como cada noche, Enric salía de la oficina y cogía el último metro de la noche. A pesar de ser jornadas exhaustivas postradas a una silla frente a una pantalla de ordenador, se podría decir que para él, uno de los mayores placeres del día era el camino subterráneo entre la línea L2 y L3. Aquel increíble hombre de gabardina y sombrero de copa nunca fallaba. Todas las noches tocaba aquella magnífica pieza musical que, por lo que había estado investigando Enric, debía ser una obra personal.


 


Durante un par de meses, aquella escena se repitió. Enric se paraba frente al misterioso músico, escuchando con gusto aquella hermosa melodía hasta que se repetía, entonces retomaba su camino y se iba. Un día, pero, él decidió investigar, saber más acerca de aquel hombre. Necesitaba saber quién era. Los siguientes días, Enric vagó sin descanso por el interminable paseo, preguntando de aquí para allá a las personas, a los guardias, los policías, incluso los turistas, si de casualidad sabían quién era el extraño hombre que todas las noches tocaba su Stradivarius en el metro de Passeig de Gràcia, pero todos parecían tener la misma respuesta: “No”. Al principio, él se lo tomó con calma y paciencia, era evidente que no todos podían conocer al violinista que tocaba a altas horas de la noche, pero la desesperación comenzó a llegar cuando, preguntando a personas que transitaban el subsuelo de Gracia parecían desconocer, o peor todavía, mirar a Enric como si estuviera loco. No fue hasta aquella noche que, él, rendido, pasó de nuevo frente a aquel músico. Como todas las noches, paró frente al señor de la gabardina y le escuchó tocar aquella melodía que se había vuelto más una pesadilla que un placer. Pero entonces sucedió lo que parecía imposible. Un grupo de chavales avanzaban ruidosos por el vacío túnel hacia la línea verde. Enric, que estaba muy irritado por todo lo sucedido, les lanzó una mirada de advertencia acompañada de un comentario un tanto brusco: “Haced el favor de callar, no escucho el violín”. Los chicos se quedaron muy atónitos y confundidos, y tras un largo silencio, uno de los jóvenes espetó: “¿Qué violín?”

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