Él
El metro estaba lleno y por cada parada más personas trataban de subir, empujando a la gente de dentro, comprimiéndoles como sardinas en lata. Los olores se mezclaban en el aire caliente y era difícil respirar. Me invadía una sensación horrible de asfixia y pesadez de la que no podía desprenderme.
Llegó una de las paradas grandes, en el centro, y se bajó todo el mundo.
Todos, menos yo.
Menos yo y otro señor, al final del vagón, que me miraba fijamente.
Estaba vestido con un chándal feo y unas zapatillas viejas. Lucía descuidado y con ojeras, probablemente debidas a un grave insomnio. Se quedó ahí, mirándome, inmóvil, y así me quedé yo. Tenía la mirada fija en la suya y no podía apartarla; estaba como paralizado, quieto, pero intranquilo. Sus ojos claros penetraban en los míos con intensidad y resultaba terriblemente incómodo.
A pesar de que estaba lejos le sentía cerca.
Muy cerca.
Demasiado cerca.
Invadía mi espacio, mi cuerpo, mi mente y no podía hacer nada. Estábamos los dos inmóviles, uno frente al otro, a distancia, de pie, en silencio.
Empecé a notar, después de analizar un poco su rostro, que me resultaba muy familiar. Esos ojos los había visto antes, pero, ¿dónde?
Esa caída de cabello sucio, lacio y castaño sobre su frente me resultaba extrañamente conocida. Sus ojos claros, su mirada muerta pero inquietante y su expresión cansada eran algo que ya había visto antes, pero no sabía decir dónde, ni cómo, ni por qué. Era una sensación similar a aquella de cuando escuchas una pieza de música clásica. La conoces, pero no sabes ni el nombre ni el compositor, y no puedes encontrarla.
Se apagaron las luces de golpe y al instante se volvieron a encender.
El hombre estaba más cerca. Había llegado en menos de un segundo como por arte de magia mientras yo seguía sin poder moverme.
Me faltaba el aire.
El metro aceleró haciéndome tambalear. Ahí me di cuenta de que no sentía mi cuerpo. Me sentía ido, desplazado, como si flotara.
Se volvió a ir la luz, y al encenderse ese hombre estaba aún más cerca. Intenté desesperadamente respirar con normalidad pero solo me puse más nervioso. Inspira, expira, inspira, expira, inspira, expira, inspira…
El metro aceleró. Mi mano sola se dirigió hacia arriba, agarrándose a una barra para no caer. Yo seguía mirándole, y él a mí. Se iban las luces y volvían y él estaba cerca, delante, a un palmo, yo quieto, nervioso, él neutro, daba miedo, tenía miedo, no respiraba.
Alzó la mano hacia mi pecho y me tocó el corazón.
Se escuchó un chasquido. Me volví hacia atrás.
El metro estaba lleno de nuevo. Volvía a sentir el aire caliente y la mezcla de olores densos. Una señora clavaba su bolso en mi espalda y dolía.
Confundido miré hacia la ventana inconscientemente. Para ver la parada, tal vez. Por la oscuridad del túnel todo se reflejaba en el cristal, y ahí lo vi. Ese hombre descuidado, cansado, ojeroso, mal vestido, mirándome fijamente y yo a él, como si fuera mi reflejo.
Pero no lo es.
No lo es, ¿verdad?