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00:03, metro L2, estación Universitat. Siempre llego corriendo para pillar el último metro que sale desde Paral·lel hacia mi casa, después de hacer la ronda diaria (o más bien nocturna) por mis bares. Es difícil escapar, ya que siempre surgen imprevistos o aparece algún cliente habitual o amigo a última hora para saludarme. "Última hora" para mí, porque debo coger el último metro si quiero rendir al día siguiente en mi vida familiar, labores domésticas y trámites de un negocio cuyos horarios no se llevan bien con la vida bohemia que he elegido.
Camino a paso rápido hasta el final del andén; es un acto mecánico, entrenado a base de infinitas repeticiones de la rutina (como el día de la marmota) que me permite bajar directamente hacia la salida cuando el vagón se detiene en mi estación.
Cada día, como un reloj, también está ahí una chica delgada, entre punki y perroflauta, con su mascota, esperando en el mismo lugar, al final del andén. No se baja en mi estación, pero asumo que en la suya también el vagón para justo enfrente de la salida. Siempre va con su perro, y me pregunto a menudo —y asumo muchas otras veces— de qué vendrá de su trabajo. Pero, ¿qué trabajo es ese al que puede ir con su perro?
Quizás trabaja en una tienda de mascotas o en una peluquería para perros, o quizás simplemente es una chica a la que le gusta salir de fiesta con su mejor amigo y es lo suficientemente controlada para detenerse e irse a pillar el último metro de la noche.
Juega con él, le hace morisquetas y, con su mano, le hace “la garra”. El perro, como un niño, esconde la cabeza dentro de su arnés tipo chaleco para el frío invernal.
Llega el último metro, todos los presentes suben al vagón con la parsimonia del final del día, cuando la jornada por fin acaba. En el trayecto que me lleva a casa, la chica no para de jugar con su mascota, con un amor y una energía inusitados. Al momento de bajar, los miro una vez más y me pregunto si mañana los volveré a ver. También me pregunto si algún día se dará la oportunidad de hablar con ella y contarle que cada día, a la misma hora y en el mismo lugar, me fijo en que están ahí, y que todo parece real y, a la vez, no lo es.
00:09, metro L2, estación Tetuán.