El Valle de las mariposas
El traqueteo del METRO me adormece. Noto mi cuerpo relajado y pienso que el viaje puede ser el bálsamo que necesito para reponer fuerzas y curar mis heridasdespués del accidente. El chirrido del vagón hace que entreabra los ojos, y en esa duermevela lo veo mirándome.
Me inquieta su aspecto blanco, tan blanco que parece traslúcido, sin vello ysin un solo pelo en su cabeza. Las cejas y pestañas blancas enmarcan un rostro con una mirada que me angustia. Se diría que ni tan siquiera es de este planeta, me digo revolviendo en el asiento mi desazón y apartando mi vista.
Intento distraerme mirando la publicidad que se proyecta en la ventana. De pronto me doy cuenta que estamos en el exterior. No recordaba que esta línea salía al exterior. ¿Qué hacemos aquí? –me digo.
El maravilloso paisaje que se acerca me deja aturdida. Puedo ver los charcos que reflejan unas nubes con formas cambiantes a cada paso, las montañasbien alineadas como guardianes verdes uniformados, mostrando sus sombreros blancos.
El valle por el que circulamos, es cada vez más plácido y se va salpicando de extrañas flores que no sabría nombrar.Hoy todo es extrañamente extraño. El camino parece adentrarse en el valle del fin del mundo. Miro alrededor y no hay rastro del hombre calvo. Estoy sola y esa soledad me incomoda y me impulsa a trasladarme al siguiente vagón. Está casi vacío y me ovillo en un asiento cercano a la puerta.
Al cabo de un tiempo, el convoy se detiene como si hubiera perdido su energía. Una señora muy mayor se levanta y se dirige hacia la salida. También se incorporan la pareja de ancianos, que, sin soltarse las manos, circulan por el estrecho pasillo hacia la puerta. No hay nadie más. Todos los vagones se van vaciando. Los viajeros se mueven con agilidad a pesar de su avanzada edad y bajan sin complicacióna la hierba del camino.
Sorprenden las circunstancias de esa parada en medio de la nada, pero sin saber porqué ni quien nos dirige, todos nos seguimos unos a otros como autómatas. En el recodo del camino, el valle se abre y todo emana paz y quietud. Nos vienen a recibir una nube de miles de mariposas de colores que nunca antes habíamos visto. Al acercarnos, saltan de uno a otro, rodeándonos como si nos dieran la bienvenida. La eclosión total ha sido cuando unas cuantas han rodeado a la única niña del grupo. La han arropado formando un manto que acariciaba cada poro de su piel. La niña sonríe.
Llegamos hasta un lago repleto de nenúfares que refleja una luz cálida. Y ahí estaba él. El hombre calvo, vestido de un blanco que casi daña la vista y lo veosonreír. Ya no me da miedo, solo paz.
Toma la palabra y se dirige a todos nosotros.
- Echaréis de menos vuestra vida pasada a familiares y amigos, pero aquí os cuidaremos y estaréis bien, os lo aseguro. Si alguna vez imaginasteis un paraíso, habéis llegado a él.
Y soy consciente por primera vez de que mi vida, tal como la conocía hasta el accidente, ha desaparecido.