una puerta azabache

jason

Barcelona no duerme, pero a ciertas horas respira distinto. El rumor, viejo y deformado por generaciones de foros y susurros digitales, decía que si te quedabas solo en la estación de Lesseps a las 3:33 de la madrugada, y un tren sin luces se detenía frente a ti, no debías subir.


Porque no era un tren. Era algo que venía a por ti.


Y si lo hacías... no volverías. O lo harías, diferente.


Marc se iba de Barcelona al día siguiente. Después de cuatro años viviendo entre estudios, rodajes y cafés sin ventanas, la ciudad se había vuelto un escenario al que no sabía si quería volver. Como despedida, quiso hacer una última grabación. Algo íntimo, personal. Un cierre.


Eligió la leyenda del metro de Lesseps, esa historia que siempre había rondado entre colegas y rincones del Internet profundo.


Convenció a cuatro amigos para acompañarlo. Entraron por un hueco en una valla de obra, cruzaron un pasillo técnico lleno de polvo y bajaron hasta el andén cerrado. Lesseps estaba en reformas desde hacía semanas, lo que facilitaba el acceso.


Grabaron tomas con linternas, bromearon sobre fantasmas, jugaron a hacerse sustos entre ellos. Una parte de Marc esperaba no ver nada. La otra… no estaba tan segura.


3:32. El reloj del móvil brillaba en su pantalla agrietada.


3:33. Todo se detuvo. Literalmente.


El zumbido de los fluorescentes murió. El aire pareció pesar más.


Y entonces, el sonido: un chirrido sordo, rascando el túnel como uñas contra metal húmedo. No había luces. No había anuncios. Solo ese arrastre en el hierro.


Emergió lentamente. Un convoy sin distintivos, borroso en los bordes, casi como un recuerdo mal enfocado. Se detuvo frente a ellos con la precisión de un sistema que aún recordaba cómo funcionar.


Y allí estaba: una única puerta, de un negro azabache carcomido por el tiempo, con grietas como raíces en su superficie. Se abrió sola. El aire que salió de su interior era más frío que el resto del túnel.


—¿Es esto? —susurró alguien.


Uno subió, sin mirar atrás.


El segundo lo siguió, como si su cuerpo ya no le respondiera.


Marc extendió la mano, pero no llegó a tocar nada. El aire lo oprimía.


La puerta se cerró. Sin ruido.


El tren partió. Y con él, algo se fue.


Pero otra cosa se quedó.


Al amanecer, los encontraron tirados en medio de la calle, cerca de Fontana. Inconscientes. Sin heridas. Como si alguien los hubiese dejado allí.


Eran tres.


Uno no recordaba nada. Otro miraba a su amigo de forma nerviosa y extraña, como si no lo conociera del todo.


Y el último, con una calma que helaba la sangre, dijo:


—Los dos que faltan… están con nosotros. Pero no en la misma forma —


mientras se frotaba lentamente los labios con los dedos de su mano derecha, como si esperara notar otra textura.

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